Muchacha en la ventana
Muchacha
en la ventana es un famoso cuadro del artista español Salvador Dalí
pintado en 1925.
Está hecho mediante la técnica del óleo sobre
cartón piedra, es de estilo realista y sus medidas son 105 x 74,5 cm. Se conserva en
Madrid, en el Museo Reina Sofía.
El cuadro pertenece a la etapa formativa de Dalí,
cuando el artista tenía veinte años y el surrealismo
no había influido todavía de manera apreciable en su pintura.
Representa a la hermana del artista, Ana María,
a la edad de diecisiete años, asomada a la ventana, de espaldas, en la casa de
vacaciones que la familia poseía en Cadaqués,
a la orilla del mar. Dalí realiza un trabajo de gran uniformidad cromática y
sencillez en la composición, donde la muchacha nos introduce en el paisaje que
ella contempla.
Claramente, los valores cromáticos de la obra son
azules, al igual que en las obras tempranas de Picasso
las cuales estaban formadas sólo por gamas de azules.
La muchacha sufre algunas desproporciones
notables como sus pies, los cuales son muy pequeños. La hermana de Dalí aparece
en otros cuadros contemporáneos y posteriores del pintor, pues fue la modelo
del pintor hasta que conoció a Gala en 1929. La pintura estuvo en la primera
exposición del autor en la galería Dalmau de Barcelona, en noviembre de 1925.
Vistas al mar
Eran tiempos difíciles. Eran
tiempos en los que uno no se casaba con quien estaba enamorado, sino con quien
le convenía.
Mi nombre es Adriana, tengo
veintiún años y puedo decir que tengo la suerte de estar enamorada de verdad.
Él era mayor que yo, era un pintor poco valorado y desconocido, ya que en esos
tiempos la pintura importaba a la gente bien poco. Su nombre, Paúl, tan
artístico como su personalidad misma. Tenía unos cuarenta años, nunca me había
dicho su edad exacta. Era atractivo, alto y moreno, con ojos claros y
sugerentes. Le conocí en la playa, nunca me atrevía a dirigirme a él, pero un
día, él mismo fue quien se acercó y me pidió que hiciera de modelo para él.
Al poco tiempo, surgió el amor,
hasta el punto de que pese al desacuerdo de mi familia, decidí mudarme con él. Nos
fuimos a un pequeño estudio de Cadaqués. Vivíamos o más bien sobrevivíamos, en
un pequeño estudio a pie de playa. Yo no trabajaba, así que aguantábamos con
los pocos beneficios de la pintura.
Cada mañana, Paúl bajaba al
puerto que había a unos metros. Me levantaba y me asomaba a la única gran
ventana que daba toda la luz al estudio. Desde allí, observaba a Paúl, que
caminaba por la orilla. Disfrutaba de la brisa mañanera, y pensaba en la paz
que me transmitía aquel sitio. Al poco tiempo, Paúl levantaba la vista y me
veía en la ventana. Yo sonreía. Podía observar a lo lejos, como su cara se
iluminaba, y se le dibujaban esos hoyitos tan graciosos en el rostro. –Buenos
días Adriana, ¿que haces despierta tan temprano?- me gritaba. La verdad es que
no podía estar un instante sin él, así que cuando amanecía, y notaba su
ausencia, me levantaba y corría a la ventana para verle allí, donde siempre, en
la orilla. Sabía que había sufrido mucho por la guerra y que su familia había
quedado dividida en dos bandos. Él solo mantenía el contacto con su madre y un
hermano. Su madre enfermó al poco tiempo y murió. Eso hizo que el único lazo de
unión de su familia se rompiera. Esparció sus cenizas al mar y cada mañana,
recorría la orilla de la playa pasando por el mismo lugar, recordándola. Hay
veces en que pensaba que estaba trastornado incluso me daba miedo el vacío de
sus ojos, cuando le miraba. Daba la sensación, que guardaba un sentimiento de
dolor, casi tan profundo como el mismísimo océano.
Aun así, yo le veía feliz
conmigo. Siempre pintaba, y yo hacía de modelo para él. –Eres preciosa,
Adriana, eres mi musa- me decía. Podía ser su musa, pero a veces no podía
entender que representaba de mi en esos cuadros abstractos con formas
horribles, casi siempre sin ningún sentido, al menos para mi.
Pero yo sabía que Paúl tenía
talento, vi retratos que había hecho de su madre y también me hizo algunos míos
que eran preciosos. Aun y así, su arte era aquel tan caótico, con formas que
solo él era capaz de entender.
Pasaban los años y vivíamos
felices en aquel pequeño pueblo tranquilo, cerca del mar. Yo lo había
abandonado todo por Paúl y él, aunque no tenía ya nada que perder. En ocasiones
añoraba a mi familia, pero me compensaba saber, que ellos no habían aceptado mi
decisión y tampoco a Paúl. Mi vida estaba junto a él y nada iba a impedirlo.
Una mañana, me levanté de la cama
al notar la ausencia de mi amado. Me levante y me dirigí hacia la ventana. Pero
para mi sorpresa, no vi a Paúl. Esperé un rato asomada, mirando a lo lejos.
–Volverá, estoy segura- pensé. Decidí poner orden al estudio y preparar algo
para desayunar para cuando llegara Paúl. Volví a la ventana para asomarme. Él
no estaba. Decidí bajar a buscarle. Corrí hacia el puerto, pero no había ni rastro.
Me recorrí prácticamente la playa entera. En aquel pueblecito a penas vivía
nadie, solo algunos pescadores así que decidí preguntar a uno de ellos:
-Perdone, no habrá visto esta
mañana a Paúl, ¿verdad?-
-La verdad es que no, lo siento
joven.-
Volví a casa, con mil temores en
mi mente. Imaginaba todas las cosas que le podían haber pasado, para que no
volviera conmigo como cada mañana. Para colmo, empezó a llover. La noche era fría,
incluso tronaba. Estaba sentada en la cama, con la mirada fija en la puerta por
si Paúl aparecía. La única luz que tenía era la de una vela en la mesilla y la
luz de los relámpagos que iluminaba todo el estudio, cada vez que tronaba. No
se como pude dormir. Me desperté y vi que ya era de día. Tenía un dolor de
cabeza horrible. Corrí a la ventana como el día anterior y me quedé allí
quieta.
Pasaban los días. Ni siquiera comía.
Mis únicas fuerzas durante el día, eran las que me permitían levantarme para
asomarme a la ventana y decirme a mi misma: -volverá, estoy segura. No volvió.
Pasaron los años y Adriana se veía sola, sin ganas de vivir ni de seguir
esperando a Paúl. No entendía que había hecho mal ni por que la había podido
abandonar de aquella forma. Todos aquellos cuadros y aquel estudio, eran los
únicos recuerdos que le quedaban de Paúl. Desde que se fue, no quise tocar
ninguno de sus cosas, ni si quiera sus cuadros. Sabía que él nunca me lo
permitía, pero no podía más con aquella tortura. Decidí inspeccionar todas sus
cosas. Encontré una carta:
Querida Adriana,
Estos años a tu lado, han sido los más felices. Has sabido darme toda
la alegría que día a día necesitaba, pero tu eres una joven preciosa y yo un
viejo con mucho dolor y que cada día que pasa, sigue siendo más viejo.
En mi vida, he visto a muchas personas sufrir a mi lado. Mi madre, fue
la última. Ella murió en mis brazos. Por eso, no quiero ver también como tú
sufres. Yo no viviré más que tú y al cabo de pocos años, iré muriendo y mi
último recuerdo, será ver a mi amada sufrir, sola y sin vida alguna por mi culpa.
Se que soy un cobarde, pero me voy Adriana, me voy para dejarte vivir
sin dolor, como hasta el fin de mis días, yo lo haré.
Paúl
Después de eso, no volví a tener
noción alguna del tiempo. Mi única vida era levantarme y asomarme una y otra
vez a la ventana, con el recuerdo de Paúl en mi mente: –volverá, estoy
segura.-, pensaba.
