domingo, 7 de abril de 2013

Relato largo



Muchacha en la ventana

Muchacha en la ventana es un famoso cuadro del artista español Salvador Dalí pintado en 1925. Está hecho mediante la técnica del óleo sobre cartón piedra, es de estilo realista y sus medidas son 105 x 74,5 cm. Se conserva en Madrid, en el Museo Reina Sofía.
El cuadro pertenece a la etapa formativa de Dalí, cuando el artista tenía veinte años y el surrealismo no había influido todavía de manera apreciable en su pintura.

Representa a la hermana del artista, Ana María, a la edad de diecisiete años, asomada a la ventana, de espaldas, en la casa de vacaciones que la familia poseía en Cadaqués, a la orilla del mar. Dalí realiza un trabajo de gran uniformidad cromática y sencillez en la composición, donde la muchacha nos introduce en el paisaje que ella contempla.
Claramente, los valores cromáticos de la obra son azules, al igual que en las obras tempranas de Picasso las cuales estaban formadas sólo por gamas de azules.
La muchacha sufre algunas desproporciones notables como sus pies, los cuales son muy pequeños. La hermana de Dalí aparece en otros cuadros contemporáneos y posteriores del pintor, pues fue la modelo del pintor hasta que conoció a Gala en 1929. La pintura estuvo en la primera exposición del autor en la galería Dalmau de Barcelona, en noviembre de 1925.






Vistas al mar


Eran tiempos difíciles. Eran tiempos en los que uno no se casaba con quien estaba enamorado, sino con quien le convenía.

Mi nombre es Adriana, tengo veintiún años y puedo decir que tengo la suerte de estar enamorada de verdad. Él era mayor que yo, era un pintor poco valorado y desconocido, ya que en esos tiempos la pintura importaba a la gente bien poco. Su nombre, Paúl, tan artístico como su personalidad misma. Tenía unos cuarenta años, nunca me había dicho su edad exacta. Era atractivo, alto y moreno, con ojos claros y sugerentes. Le conocí en la playa, nunca me atrevía a dirigirme a él, pero un día, él mismo fue quien se acercó y me pidió que hiciera de modelo para él.

Al poco tiempo, surgió el amor, hasta el punto de que pese al desacuerdo de mi familia, decidí mudarme con él. Nos fuimos a un pequeño estudio de Cadaqués. Vivíamos o más bien sobrevivíamos, en un pequeño estudio a pie de playa. Yo no trabajaba, así que aguantábamos con los pocos beneficios de la pintura.

Cada mañana, Paúl bajaba al puerto que había a unos metros. Me levantaba y me asomaba a la única gran ventana que daba toda la luz al estudio. Desde allí, observaba a Paúl, que caminaba por la orilla. Disfrutaba de la brisa mañanera, y pensaba en la paz que me transmitía aquel sitio. Al poco tiempo, Paúl levantaba la vista y me veía en la ventana. Yo sonreía. Podía observar a lo lejos, como su cara se iluminaba, y se le dibujaban esos hoyitos tan graciosos en el rostro. –Buenos días Adriana, ¿que haces despierta tan temprano?- me gritaba. La verdad es que no podía estar un instante sin él, así que cuando amanecía, y notaba su ausencia, me levantaba y corría a la ventana para verle allí, donde siempre, en la orilla. Sabía que había sufrido mucho por la guerra y que su familia había quedado dividida en dos bandos. Él solo mantenía el contacto con su madre y un hermano. Su madre enfermó al poco tiempo y murió. Eso hizo que el único lazo de unión de su familia se rompiera. Esparció sus cenizas al mar y cada mañana, recorría la orilla de la playa pasando por el mismo lugar, recordándola. Hay veces en que pensaba que estaba trastornado incluso me daba miedo el vacío de sus ojos, cuando le miraba. Daba la sensación, que guardaba un sentimiento de dolor, casi tan profundo como el mismísimo océano.

Aun así, yo le veía feliz conmigo. Siempre pintaba, y yo hacía de modelo para él. –Eres preciosa, Adriana, eres mi musa- me decía. Podía ser su musa, pero a veces no podía entender que representaba de mi en esos cuadros abstractos con formas horribles, casi siempre sin ningún sentido, al menos para mi.
Pero yo sabía que Paúl tenía talento, vi retratos que había hecho de su madre y también me hizo algunos míos que eran preciosos. Aun y así, su arte era aquel tan caótico, con formas que solo él era capaz de entender.

Pasaban los años y vivíamos felices en aquel pequeño pueblo tranquilo, cerca del mar. Yo lo había abandonado todo por Paúl y él, aunque no tenía ya nada que perder. En ocasiones añoraba a mi familia, pero me compensaba saber, que ellos no habían aceptado mi decisión y tampoco a Paúl. Mi vida estaba junto a él y nada iba a impedirlo.


Una mañana, me levanté de la cama al notar la ausencia de mi amado. Me levante y me dirigí hacia la ventana. Pero para mi sorpresa, no vi a Paúl. Esperé un rato asomada, mirando a lo lejos. –Volverá, estoy segura- pensé. Decidí poner orden al estudio y preparar algo para desayunar para cuando llegara Paúl. Volví a la ventana para asomarme. Él no estaba. Decidí bajar a buscarle. Corrí hacia el puerto, pero no había ni rastro. Me recorrí prácticamente la playa entera. En aquel pueblecito a penas vivía nadie, solo algunos pescadores así que decidí preguntar a uno de ellos:

-Perdone, no habrá visto esta mañana a Paúl, ¿verdad?-
-La verdad es que no, lo siento joven.-

Volví a casa, con mil temores en mi mente. Imaginaba todas las cosas que le podían haber pasado, para que no volviera conmigo como cada mañana. Para colmo, empezó a llover. La noche era fría, incluso tronaba. Estaba sentada en la cama, con la mirada fija en la puerta por si Paúl aparecía. La única luz que tenía era la de una vela en la mesilla y la luz de los relámpagos que iluminaba todo el estudio, cada vez que tronaba. No se como pude dormir. Me desperté y vi que ya era de día. Tenía un dolor de cabeza horrible. Corrí a la ventana como el día anterior y me quedé allí quieta.

Pasaban los días. Ni siquiera comía. Mis únicas fuerzas durante el día, eran las que me permitían levantarme para asomarme a la ventana y decirme a mi misma: -volverá, estoy segura. No volvió. Pasaron los años y Adriana se veía sola, sin ganas de vivir ni de seguir esperando a Paúl. No entendía que había hecho mal ni por que la había podido abandonar de aquella forma. Todos aquellos cuadros y aquel estudio, eran los únicos recuerdos que le quedaban de Paúl. Desde que se fue, no quise tocar ninguno de sus cosas, ni si quiera sus cuadros. Sabía que él nunca me lo permitía, pero no podía más con aquella tortura. Decidí inspeccionar todas sus cosas. Encontré una carta:

Querida Adriana,

Estos años a tu lado, han sido los más felices. Has sabido darme toda la alegría que día a día necesitaba, pero tu eres una joven preciosa y yo un viejo con mucho dolor y que cada día que pasa, sigue siendo más viejo.

En mi vida, he visto a muchas personas sufrir a mi lado. Mi madre, fue la última. Ella murió en mis brazos. Por eso, no quiero ver también como tú sufres. Yo no viviré más que tú y al cabo de pocos años, iré muriendo y mi último recuerdo, será ver a mi amada sufrir, sola y sin vida alguna  por mi culpa.

Se que soy un cobarde, pero me voy Adriana, me voy para dejarte vivir sin dolor, como hasta el fin de mis días, yo lo haré.

Paúl


Después de eso, no volví a tener noción alguna del tiempo. Mi única vida era levantarme y asomarme una y otra vez a la ventana, con el recuerdo de Paúl en mi mente: –volverá, estoy segura.-, pensaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario